La mañana del 23 de septiembre de 1859, emergía en las aguas del puerto de Barcelona un extraño pez de madera, del cual, tras abrirse una escotilla, apareció un hombre. Este hombre no era sino don Narciso Monturiol, y el extraño pez, el submarino Ictíneo.

(imagen de Antoni Casinos Va)
Esta fue una de las, al menos, 60 inmersiones de prueba que Monturiol había realizado en aguas del puerto, pero ese día era el más importante, ya que lo presentaba a la sociedad. Al evento fueron invitados periodistas, autoridades de la ciudad y los accionistas de su empresa de Navegación Submarina.
El Ictíneo fue construido en los talleres de Nuevo Vulcano de Barcelona y botado el 28 de junio de 1859 en el Muelle Nuevo. Tenía forma de pez, con un desplazamiento de 10 toneladas y una eslora de 7 metros. Su cota de inmersión en pruebas nunca superó los 50 metros, aunque estaba diseñado para soportar profundidades de 500 metros. La gran innovación de este modelo era su capacidad para generar su propio oxígeno para sus cuatro tripulantes; dicho sistema le daba una autonomía de hasta seis horas. En cuanto a su propulsión, la obtenía de la fuerza humana: la tripulación accionaba unas manivelas que movían una hélice, obteniendo unos 3 o 4 nudos.
Aun habiendo demostrado las capacidades del Ictíneo, el éxito de las demostraciones fue parcial: por un lado, despertó la curiosidad de la opinión pública, pero por otro, se consideró al submarino poco útil. A pesar de ello, Narciso Monturiol no cejó en su empeño de mejorar su invento y, por medio de una carta solicitando colaboración popular en la prensa, pretendía conseguir el dinero suficiente para poder desarrollar un modelo nuevo de submarino. Así nació el que conocimos como Ictíneo II, que tampoco tuvo mucho recorrido.
Más detalles sobre el Ictineo I en el artículo de este blog El barco pez de Monturiol.






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